“La misma canción”, de Mary Higgins Clark: crimen, sonambulismo y memoria
Hay novelas que se leen y otras que se quedan. La misma canción, de Mary Higgins Clark, pertenece a las segundas. No solo por su trama envolvente, sino por esa capacidad —tan suya— de colarse en lo cotidiano, agitarlo y dejarlo lleno de sombras.
Clark, eterna reina del suspense, sabía cómo hilvanar intriga sin necesidad de estridencias. Con una prosa ágil y descripciones certeras, construyó durante décadas un universo propio, reconocible por el ritmo narrativo, los giros inesperados y esa habilidad tan suya de convertir a cada personaje —incluso a los secundarios— en una pieza clave del engranaje.

Mary Higgins Clark nació en Nueva York en 1927, en el seno de una familia humilde. Durante años escribió relatos cortos que se publicaron en diversas revistas, mientras trabajaba para sacar adelante a sus cinco hijos, tras quedar viuda prematuramente. Su vocación por contar historias fue siempre tenaz, pero el verdadero punto de inflexión llegó en 1977, cuando publicó ¿Dónde están los niños?, su primera novela de suspense, que se convirtió en un éxito inmediato. Desde entonces, no dejó de publicar: más de cincuenta novelas, millones de lectores, traducciones a decenas de idiomas.
Murió en 2020, dejando tras de sí una obra inmensa y una estela de lectores fieles que la siguen recordando como la mujer que les enseñó a amar el misterio.
Su estilo era inconfundible: protagonistas femeninas que se enfrentan a situaciones límite, estructuras que alternan el pasado y el presente, una tensión que se sostiene sin necesidad de truculencias ni violencia gratuita. Todo estaba medido. Cada gesto, cada diálogo, cada sospecha.
En La misma canción, Clark parte de un recurso tan sencillo como perturbador: una melodía que regresa, como una grieta en el tiempo. Kay, la protagonista, escucha de niña una canción que más adelante se convierte en un eco inquietante en su vida adulta. Casada con Peter Carrington, un hombre marcado por la sospecha, Kay se ve arrastrada a una investigación en la que nada es lo que parece.
La novela gira en torno a un misterio sin resolver, con un crimen del pasado que se reabre, y nuevas muertes que amenazan con repetir el mismo patrón. Peter, acusado años atrás por la muerte de una joven en el estanque de su finca familiar, vuelve a estar bajo el foco. Pero algo no encaja.
Lo que dicen los críticos
La crítica ha valorado positivamente esta obra, destacando su estructura precisa, la atmósfera inquietante y la forma en que la autora introduce un elemento poco habitual en la novela negra: el sonambulismo. Lo convierte en motor narrativo, en detonante y, al mismo tiempo, en excusa para explorar las fronteras de la conciencia.
También se ha subrayado la importancia de los diálogos: a través de ellos se construyen los personajes, se filtran las intenciones y se siembran las dudas. Clark no necesita largas descripciones; le basta con una frase bien puesta para encender la sospecha o descolocar al lector.
Impresiones como lectora
Como lectora de largo recorrido en la obra de Mary Higgins Clark, puedo decir que esta novela mantiene la adicción intacta. Desde las primeras páginas, el ritmo te atrapa. Y aunque el final sorprende por la forma en que se revela el motivo de los crímenes, lo cierto es que ya había intuido quién estaba detrás. No por falta de habilidad de la autora, sino porque los verdaderos culpables se muestran con demasiada claridad, como si quisieran llamar la atención del lector más experimentado.
Peter, el supuesto asesino, está retratado con tal honestidad y serenidad que se hace difícil creer que sea culpable. Su forma de actuar, su carácter, la coherencia de sus emociones… todo indica que no es él. En cambio, los verdaderos responsables y su cómplice despiertan sospechas desde muy pronto. Aun así, Mary consigue mantener el misterio hasta el final, dosificando la información con habilidad.
La protagonista, Kay, resulta en algunos momentos demasiado perfecta. Su bondad, su entrega, su necesidad de creer en su marido, la convierten en una figura casi idealizada. Pero ese es un rasgo frecuente en la narrativa de Clark: mujeres fuertes que luchan contra la adversidad, aun cuando el entorno se derrumba.
Me ha llamado especialmente la atención cómo se integra el elemento científico del sonambulismo en la trama. No es un mero adorno, sino una clave que permite entender el desconcierto, la duda y el miedo que atraviesan la historia.
Cómo llegó a mis manos este libro
Recuerdo perfectamente cómo llegó este libro a mis manos. Fue un día cualquiera, en casa de un amigo. Curioseando entre los estantes de su pequeña biblioteca, lo vi. Mi corazón dio un vuelco —como siempre que descubro un título que aún no tengo de Mary— y sin pensarlo dos veces, le pedí que me lo regalara. No, que me lo prestara, no. Le pedí que me lo regalara, con todo el descaro de quien sabe que ese libro tiene que ser suyo. Y para sellar el momento, le pedí que lo firmara con la fecha de aquel día. Desde entonces forma parte de mi colección, ese pequeño altar de papel que conservo como testimonio de lo mucho que esta autora me ha enseñado.
He terminado de leer La misma canción muy lejos de casa. Por cuestiones de trabajo, viajo con frecuencia, y nunca me incomoda llevar un libro en la maleta, aunque pese más. Hay quien prefiere viajar ligero; yo prefiero viajar acompañada. Y no hay mejor compañía que la de mis escritores de siempre. Las noches, aunque sean en habitaciones prestadas, cobran sentido si termino leyendo. Hay algo reconfortante en eso: como si, entre tanta carretera y tanto reloj, al menos las palabras siguieran siendo un lugar seguro.
Cuando se cierra un libro…
Cuando terminé la lectura, me invadió una sensación que ya me es familiar: ese vacío que dejan los libros de Mary Higgins Clark. Como si algo se hubiera apagado. Como si buscar otra lectura fuera una forma de traición. Porque Mary me acompañó desde joven, cuando aún no existían talleres de novela negra, cuando lo único que tenía era una estantería y muchas ganas de aprender.
Sus libros fueron mi escuela. Me enseñaron a reconocer los mecanismos del suspense, a valorar la sutileza, a prestar atención a los detalles. Con cada novela suya aprendía a mirar el mundo con ojos más atentos, más analíticos.
Guardo sus obras con cariño, como se guardan las cartas de alguien que nos cambió la vida. Y aunque hoy haya otros autores, otras tramas, otros misterios… Mary sigue siendo mi referente en eso que llaman: el género negro. La voz que me descubrió ese género. La que me enseñó que el crimen no está solo en el hecho, sino también, en el silencio que lo rodea.
