Reseña de libro: El mirador de los perezosos, de Sergio Barce

Diciembre 2025. Por Nuria Ruiz Fdez.

En El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal, 2022), Sergio Barce convierte Tánger en un narrador silencioso. Diez relatos -finalistas y luego ganadores del Premio Andalucía de la Crítica 2023- invitan a caminar por cafés, miradores y zocos cargados de memoria, sensualidad y realismo mágico.

Este mes me adentré en El mirador de los perezosos, de Sergio Barce, como quien regresa a una casa que dejó atrás, pero cuya llave nunca perdió. Lo abrí una tarde cualquiera -esas tardes que parecen no prometer nada- y terminé recorriendo Tánger como si hubiese vuelto a pisar sus calles. Y eso que, paradójicamente, no esperaba encontrarme tan de frente con mi propia memoria.

Viví once años en Tánger, y lo que este libro me ha despertado no es nostalgia vacía, sino una memoria viva, casi táctil. Y lo curioso es que yo no empecé a leerlo desde la razón, sino desde la piel. Pasó algo parecido a lo que el propio Barce, al que tengo la suerte de conocer, tener como amigo y admirar como escritor, (no es este el único libro que he leído de él, los he leído todos), reconoce en algunas entrevistas que le han realizado: “La ciudad es un hilo que me cose por dentro; no puedo escribir sin regresar a ella”.

Lo entiendo y lo comparto. Me ocurre lo mismo al leerlo.

El mirador de los perezosos, ganador del XXIX Premio Andalucía de la Crítica 2023 en modalidad de relato corto, reúne diez historias que suceden en rincones tan reconocibles que casi huelen: el Café Hafa, Boulevard Pasteur, el Rembrandt, el Montaigne… Barce los convierte en escenarios, sí, pero sobre todo esos escenarios son protagonistas, los humaniza, podemos ponerle cara, los transforma en criaturas palpitantes.

A veces, mientras leía, me sorprendía pensando que algunas de esas historias podrían crecer hasta convertirse en novelas enteras; otras son apenas un soplo, pero dejan un eco emocional capaz de quedarse flotando durante días. Un crítico escribió que Barce “consigue que lo cotidiano tenga la textura de lo mítico”, y creo que es una definición justa. Yo lo he sentido así: como si lo real y lo mágico compartieran la misma silla en una terraza del Hafa.

José Sarria, crítico y poeta, celebra ese “modo memorístico” con el que Barce recompone un continente sentimental que no responde a fronteras. Otro comentarista apuntó que Barce escribe “como quien recupera una voz que estuvo dormida pero nunca perdida”. Qué cierto.

Pero más allá de las voces autorizadas, lo que me quedo es lo que el libro me hace a mí:
Me devuelve olores -el pan recién hecho del barrio, la brisa salada-, voces -la cadencia del zoco al caer la tarde-, sombras -esas esquinas donde una siente que el tiempo ni avanza ni retrocede-. Lo dice el propio autor: “Tánger es una ciudad que vive en capas. Cada calle es un tiempo distinto.” Leerlo ha sido quitar esas capas una a una y reencontrarme con la ciudad que también me devolvió a mí misma durante más de una década.

Lo que Barce propone no es solo un libro de relatos: es una forma de mirar. De detenerse. De reconocer que el paisaje también habla, y a veces lo hace más alto que las personas. Hay relatos que casi parecen escritos desde una terraza suspendida sobre el mar. Otros bajan al asfalto, al pulso urbano, a la intimidad del recuerdo. Todos tienen una verdad suave, una música de fondo que resuena incluso cuando cierras el libro.

Quizá por eso este libro me ha tocado más de lo esperado: porque Tánger no es solo la ciudad de Barce. También fue la mía. Y al leerlo, sentí que caminábamos juntos por las mismas calles, separados por el tiempo pero unidos por la memoria.

Hay libros que se leen. Otros se viven. El mirador de los perezosos pertenece a los segundos.

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