13/2/2026
La niña que soñaba con un micrófono
Nací un martes 13 de febrero, en año bisiesto, hace ya más de medio siglo. Mi madre siempre contaba que aquella noche, el cielo se desató con una furia antigua: caían chuzos de punta, tronaban las nubes y hasta los granizos quisieron anunciar mi llegada. El parto fue largo, difícil; ella estuvo a punto de perder la vida. Y yo, obstinada desde el principio, irrumpí en el mundo con una mata de pelo indomable y unos ojos grandes, abiertos, que ya se percibía que iban a ser claros, como los de mi abuela materna y mi abuelo paterno.
Era la primera hija. La primera vez que mis padres aprendían a saber qué era el miedo y la esperanza al mismo tiempo.
Muchos años más tarde supe que el 13 de febrero se celebraba el Día Mundial de la Radio, conmemorando la creación de la Radio de las Naciones Unidas en 1946. Me hizo gracia descubrir que mi fecha compartía calendario con ese arte invisible que siempre me llamó como un imán. Antes de saber lo que era un estudio, antes de entender qué significaba modular la voz, yo ya jugaba a hablar frente a un micrófono imaginario.
Era una niña solitaria y retraída, pero en mis juegos había público, había sintonías, había una voz que se atrevía a cruzar el aire.
Como si el destino me lo hubiera estado susurrando desde el principio.
La radio y los medios llegaron a mi vida pasados los veinte, y desde entonces han sido casa y trinchera. Por la silla de invitados, en los distintos programas que he presentado, pasaron nombres ilustres y otros anónimos que después se hicieron un hueco en el Campo de Gibraltar. Aprendí que cada voz encierra un mundo y que escuchar es un acto de justicia. Que a veces una pregunta bien formulada puede salvar un silencio.

Hoy vuelvo a cumplir años bajo un cielo que amenaza lluvia y viento, casi con ganas de granizar otra vez, como si el universo quisiera repetir la escena inicial. Hoy, me siento joven para rendirme y lo bastante mayor para saber qué sueños merecen el esfuerzo. Hoy, no puedo quejarme: he alcanzado la mayoría de las metas que me propuse en lo profesional. Las otras —las más íntimas— siguen en proceso, como todo lo que importa.
Sin embargo, este cumpleaños tiene un pliegue de sombra. Un día antes de mi cumpleaños, mi querida amiga Magda Bellotti se ha marchado en silencio, tras una larga lucha contra el cáncer. Pienso también en Paco Soto, su compañero de vida, que partió hace años. En su casa, Alcultura, me acogieron como a una hija. Apoyaron la revista Hércules como si hubiera nacido de sus propias manos. A Magda la entrevisté y charlé con ella, tantas veces, que aún puedo escuchar su risa antes de responder. Hoy el corazón se me encoge, pero también se me ensancha con la gratitud por haberla conocido.
Y mientras pienso en quienes se han ido, no puedo evitar una certeza que con los años se vuelve más nítida: la memoria es frágil. Después de la muerte llegan los homenajes, los discursos inflamados, los vítores que elevan al ausente a una altura casi heroica. Se dicen palabras hermosas, se escriben necrológicas sentidas, se multiplican las fotografías y los adjetivos. Pero la vida —la verdadera— ya no está allí para escucharlos.
Nunca he querido esa gloria tardía. Como decía mi gran amiga y señora de la radio, Juana Mari Moreno: los abrazos y los cariños, en vida; después de muerta ya no me hacen falta. Y tenía razón. El afecto no debería aplazarse. El reconocimiento no debería esperar a la ausencia para hacerse voz.
Por eso, este cumpleaños no es solo balance, también es una llamada silenciosa: querer ahora, decir ahora, agradecer ahora. Que nadie tenga que enterarse de lo que significó cuando ya no pueda oírlo.
Cumplir años es, al final, un ejercicio de memoria selectiva. Recordar a quienes se quedaron en el camino, valorar a quienes aún caminan a tu lado y aceptar que el tiempo no es un enemigo, sino un escultor paciente.
Hoy no quiero artificios ni celebraciones ruidosas. Me recojo en mis cuatro paredes, en mi habitación propia, y saboreo las horas con la lentitud que solo concede el paso del tiempo. Es un día de balance y de silencio, paradójicamente lo contrario de la radio. Pero quizá toda buena voz, a veces, necesita un cuarto interior donde afinarse.
Un año más y un día menos. Un tramo recorrido y otro por andar. La vida no es una suma de fechas, sino un pulso de vivencias intensas.
Y si tuviera que dejarlo escrito con una frase que me acompañe, diría esta: no se envejece por cumplir años, se envejece cuando se deja de tener preguntas. Yo, por fortuna, sigo llena de ellas.
Gracias a todos los que me habéis felicitado.
