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Por Nuria Ruiz Fdez
HoyLunes: Hay debates que vuelven una vez al año. El del habla andaluza es uno de ellos. Cambian los estudios, cambian los titulares, pero la pregunta persiste año tras año: ¿qué significa hablar en andaluz?
Yo soy andaluza. Y no lo digo como dato geográfico. Lo digo porque es la lengua en la que me reconozco.
Hace unos días, el periodista Javier Jiménez analizaba un macroatlas sonoro presentado por la Universidad de Granada y hablaba de la lenta agonía del ceceo. Explicaba que es un fonema poco frecuente, que las fricativas suaves tienden a diluirse y que el estigma social empuja, en silencio, a muchos hablantes a abandonarlo. Su reflexión era rigurosa, amplia, más allá del caso andaluz. Y tenía razón en algo esencial: las lenguas cambian casi sin que nos demos cuenta.
Pero en Andalucía no hablamos solo de fonética.
El ceceo es apenas una pincelada. Es identidad. Es memoria. Es dignidad.
La Real Academia Española entiende el andaluz como una forma de hablar español con rasgos propios. Es decir, no lo considera una lengua distinta, sino una variedad del mismo idioma, con características como el seseo, el ceceo o la aspiración de la /s/. Es decir, la norma dice que el andaluz forma parte del español, no está fuera de él.
Correcto. Pero insuficiente.
Porque el andaluz no es solo una suma de fenómenos fonéticos. El andaluz es una manera de mirar. De insinuar. De decir sin terminar de decir. Es una forma de estar en el mundo con media sonrisa y la ironía preparada por si hace falta. Hay una economía expresiva que no empobrece: concentra y enriquece. Aquí no se derrochan palabras; se afinan. En Andalucía no siempre se habla más bajo; se habla más por dentro.
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