19/03/2025
Artículo para el digital https://www.hoylunes.com
Por Nuria Ruiz Fdez
Un recorrido por la herencia invisible de un padre: desde las canas que marcan el tiempo hasta la estrella que guía en la noche, descubriendo cómo el amor y la memoria transforman la despedida en una presencia eterna.
Por Nuria Ruiz Fdez
HoyLunes – Hay un momento en el que empezamos a ver a nuestros padres de otra manera. Ya no como ese refugio firme de la infancia o como el héroe de nuestro cuento, sino como hombres de carne y hueso. Recuerdo observarle las canas, cada vez más presentes, como si el calendario se le hubiera posado en la cabeza sin pedir permiso. Su andar, antes ligero, se fue volviendo más pausado, como si midiera cada paso. Y en su mirada, a ratos, aparecía una especie de lejanía, una sombra suave que no era tristeza, pero tampoco era del todo serenidad. Ahí entendí algo que nadie te enseña: que los padres también se van despidiendo poco a poco, incluso antes de irse.
Hay días en el calendario que parecen pequeños faros en un mar embravecido. ‘El Día del Padre’ es uno de ellos. No porque haga falta una fecha para recordarlo, sino porque ese día la memoria duele un poco más. Como si el corazón, de pronto, se sentara en silencio a repasar lo que ya no está… y, sin embargo, sigue estando.
Mi padre murió hace cuatro años. Lo digo así, con la naturalidad con la que se dicen las verdades que son inevitables. Pero hay algo que nunca he conseguido explicar del todo: desde que se fue, lo siento cerca. Cada noche, cuando la casa se queda en silencio, hablo con él. No es una conversación en voz alta, pero sí un diálogo íntimo, de esos que solo los sostienes con recuerdos. Y lo curioso es que me reconforta. Como si esa charla invisible acomodara mis sueños, como si en ese susurro hubiera todavía un lugar donde apoyarme.
El ‘Día del Padre’ siempre me trae imágenes pequeñas, domésticas. Cosas que parecen insignificantes hasta que faltan. Echo de menos comprarle su colonia favorita, esa que siempre le regalaba y que él fingía sorprenderse cada año. Echo de menos los almuerzos improvisados en una venta de carretera, de esas con mantel de papel y vino de la casa. A él le encantaban. Decía que allí se comía “como Dios manda”, y en esa frase cabía toda una forma de entender la vida…
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