Se fue mi tío, Flores el Gaditano

Existen personas tan cercanas a nosotros, que marcan de una forma u otra nuestra existencia y pensamos que son inmortales. Eso me pasó con mi tío Flores hasta que lo vi el pasado miércoles 14 de julio, casi a sus 100 años, con su traje chaqueta marrón, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, en la alcoba provisional de paredes repletas de fotos – testigo mudo de un siglo dedicado al arte- donde su mujer, su hija y sus nietos lo acompañaron hasta el último suspiro de vida.

Hablar de Flores el Gaditano, de su trayectoria artística más que conocida, es confirmar cada una de las palabras que los algecireños y amantes del flamenco  le han dedicado  antes y después de que se nos haya convertido en leyenda:

Flores el Gaditano

Eras como los cabales: un señor, un caballero y una gran persona, que desde el respeto sabías practicar con unas señas de identidad propias el deporte de la gente inteligente, el sentido del humor, el saber reírse con los demás y no de los demás. No en vano, cuando se te recordaba que habías nacido en 1921, decías “si yo he vivido más guerras que Prim”. Un fragmento del artículo que le escribió el día 15, desde el corazón, el exalcalde Juan Antonio Palacios. El día anterior, justo cuando le di la triste noticia, me comentó que quería escribirle un artículo. Con este obituario para Europa Sur se despide de él y seguro, porque lo conozco, que siempre lo llevará en sus recuerdos.

“A sus 98 años, él era el que me ponía la pilas”, rememora sobre el papel Juan Emilio Ríos, amigo, escritor y presidente del Ateneo José Román, quien a lo largo de la última década colaboró de forma muy estrecha con el cantaor para rescatar buena parte de su obra, especialmente sus novelas.  Remataba diciendo: “Con un siglo a sus espaldas (1921-2021) ha terminado la centuria de Flores. Ahora nace su leyenda”

“Deja a la ciudad huérfana de su presencia, pero no del legado humano y artístico de un hombre bueno, creativo, incansable, entrañable y familiar, solidario y muy algecireño”, afirma Landaluce, alcalde de Algeciras.

«Grandísimo cantaor flamenco de Algeciras. Artista muy polifacético, escritor, humorista, autor de letras muy famosas y siempre con mucha relación con el Maestro Paco de Lucía», han expresado los responsables del Encuentro de Guitarra Paco de Lucía.

“Aquel plantel luminoso de hermanos y hermanas, afanados en oficios y quehaceres muy dispares, era un grupo selecto de vividores y contadores de historias. Y Flores fue su embajador más ilustre, el que lució orgulloso el blasón familiar y lo llevó a más lugares. El portador de ese escudo que requiere la combinación equilibrada de inteligencia, sensibilidad y finura sin la que son imposibles el talento, el cariño y la risa sinceros” – escribía para el Europa Sur otra de sus sobrinas, Inmaculada Nieto.

“Gracias a Dios, Flores ha vivido hasta casi cumplir un siglo en buenas condiciones. Eso ha supuesto la oportunidad para unas cuantas generaciones de algecireños de haber tenido alguna relación con él, alguna noticia de él, algún conocimiento de su capacidad creativa y de su historia, que es la historia de una Algeciras que ha crecido hasta hacerse grande, como él mismo ha sido”- Así se despedía desde Madrid su gran amigo Pérez de Vargas.

Y muchos más que han ido acaparando los muros de Facebook, páginas de periódicos y grupos de whatsap, con palabras de admiración por su grandeza humana  y tristeza por la desaparición de último contador de historias cantadas y escritas, atestiguador de un siglo que nuestros jóvenes solo podrán conocer a través de su legado, si la curiosidad les incita a ello.

Crecí escuchando sus milongas, fandangos y otros palos sentada sobre las piernas de mi padre junto a un tocadiscos de vinilo. Entré en la pubertad leyendo versos, relatos y escuchando anécdotas en boca de algunas de sus hermanas donde Flores era el protagonista de una época en la que el hambre y el arte se cogían de la mano para poder mantener a una familia de once hermanos.

Tendría yo unos doce años cuando mi padre me llevó por primera vez a la casa de mi tío, días antes le había comentado con la inocencia de quien aún no ha vivido absolutamente nada: “papá, yo quiero ser escritora”

Cuando entré en aquella casa de la bajadilla que nunca quiso abandonar aunque la discográfica se lo pidió montones de veces, me impresionó las paredes repletas de fotos, las estanterías llenas de libros, y la mesa camilla con una máquina de escribir con las letras borradas. Si hubiera podido oler el misterio de sus dedos al teclear, o el beso que me dio en la frente, o el calor que desprendía al sentarme a su lado en el sofá, diría que olía a libro rescatado de un baúl de esperanzas, a tinta que se desliza por una hoja en blanco, a lágrimas embebidas en los surcos de su mirada.

Ese fue el primer día que conocí al antihéroe de las historias que contaban mis tías, al cantaor del que los amigos de mi padre se enorgullecían de conocerlo, al escritor que narraba historias que aún a nadie convencían y al poeta que al compás le vibraban los versos debajo de la almohada.

Después de esta primera visita lo fui conociendo cada vez más. Lo seguí siempre que pude a los tablaos, homenajes y eventos en los que participaba. Durante un tiempo mi padre fue su chófer para llevarlo fuera de Algeciras y cuando volvía me contaba con detalle todo lo que allí se había vivido. Comencé a leer sus  libros llenos de anécdotas, chistes y poemas. Fue un cantaor redondo según comentaron sobre él los entendidos; pero como escritor la imaginación que gastaba era inagotable, siempre intentando contagiar una sonrisa con la palabra escrita y ahondando con su pluma en todos los géneros literarios.

Aún recuerdo cuando leyó el primer libro que publiqué, me llamó para que fuera a su casa y me regaló un marco con un poema suyo manuscrito, algunos de sus versos decía: “…y es que vivir con el alma a flor de sentimientos, es como vivir adelantado a nuestra edad, como un reloj que atropellando el tiempo, cada doce horas, veinticuatro horas da…” Lo tengo colgado en la pared de la biblioteca de mi casa, firmado por él “cariñosamente de el Tito” un mes de marzo de 2010.

Dice un amigo mío escritor que “la memoria es un techo con goteras” pero a mí me gusta creer que los recuerdos con él los tengo cosidos a mi memoria, y que aunque el techo gotee dentro de mí se ha quedado prendado para siempre el haber conocido a un hombre valiente que luchó incansable contra los molinos de vientos que le arrebataron sus dos flores más queridas; su virtud de querer siempre sin pedir nada a cambio; su amor por la familia por encima de todo y su memoria, testigo de un siglo que Flores vivió comiéndose la vida a tozos, bebiéndose las amarguras a sorbos, paladeando los momentos dulces como el niño aquel que delante de una pastelería, en los años 30,  se peleaba con sus amigos por el pastel que sabía que no iba a saborear porque no había un duro en los bolsillos de sus once años.

Se nos ha ido, sin alardes, mirando fijamente  a los ojos de su inseparable Javiera hasta que ese “ángel” que lo acompañó durante casi 100 años de vida, lo dejó descansar para, seguramente, reencontrarse  de nuevo con él en ese lugar donde los artistas se reúnen para recordar sus vivencias y pasar la eternidad al compás de las palmas y un buen fandango. Seguro que más de uno allí arriba está ya comprando la entrada a ese teatro de nubes, que los que nos quedamos aquí llorando su ausencia, no tendremos por ahora la suerte de presenciarlo.

Donde estés, tito Flores, que sepas que no me hace falta que nadie me diga nada, porque siempre te llevaré en mi memoria aunque le tenga que poner un cubo a las goteras.

Con parte de su familia y el concejal de cultura de Los Barrios.

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