Artículo: La envidia. Deporte nacional.

Por Nurya Ruiz Fdez. 06/06/19

Hace años que conozco sus síntomas, aunque aún no he conseguido descubrir el lenitivo que aplaque sus efectos.

Dicen que es el deporte nacional, aunque no se consiga perder ni un gramo de peso.

De los diez mandamientos, el décimo ya nos avisa de esta plaga, pero pocos le han hecho caso a lo largo de los siglos, porque además, sus consecuencias, a la larga, siempre se conocen.

Hay personas que intentan ocultarlo, pero se les nota en el brillo de sus ojos, en el rictus amargo de su mirada, en sus ademanes de desplantes y en sus contestaciones negativas. Pero si solo se quedara ahí, quizás no habría mayor problema, podría sobrellevarse.

envidia

Pero cuando los sentimientos no se controlan, todo desemboca en un cataclismo moral y psicológico para quien lo recibe y sus efectos pueden ser devastadores para aquel que los sufra, no solo en el terreno mental, sino también en el físico.

Las personas envidiosas suelen tener una baja autoestima, un miedo irrefrenable a sentirse inferiores a los demás y no saben controlar o apartar de ellos ese cáliz de amargura. Todas las personas podemos sentir envidia en ocasiones, pero no todos la sentimos en el mismo grado ni nos comportamos igual al sentirla.

Ese sentimiento, irremediable, a veces, incontrolable, otras, es una carcoma que debilita a la persona que la padece y la hace tan infeliz, que solo consigue amargar a todo el que le rodea. Es un sentimiento que se intenta ocultar, pero que florece en gestos, frases, expresiones, actos, y que puede destruir la reputación de una persona, o lo que es peor, la vida.

Hay grandes sonrisas, que esconden a grandes traidores.

He conocido a algunos de ellos a lo largo de mi vida. Porque este sentimiento afecta por igual a hombres y mujeres. Quizás el hombre, según he observado, es más racial a la hora de expresarlo, no maneja bien la hipocresía que se necesita para ocultarlo.

La mujer, y en esto no existe la igualdad, comprende perfectamente lo que le carcome en su interior, y ha aprendido a ocultarlo de tal forma, que “No le temo al enemigo que me ataca, si no al falso amigo que me abraza”.

Es cierto que una persona,  no puede ser envidiosa y feliz al mismo tiempo.

 

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